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3 de marzo de 2008

extrañar...


Los 27 son la edad de la “extrañación”. Hoy le tocó a papá. Quien diría que ese hombre fuerte y malencarado ante el mundo, haría de su familia algo tan fabuloso. Todavía recuerdo cuando me enseñó a escribir el 2, a base de puntitos que tenía que seguir con una línea. Sólo recuerdo el número dos, ni siquiera escribir mi nombre o apilar cubos de madera, sólo ese dos que parecía un pato indefenso luchando para ser descubierto por mi lápiz. Nunca me dijo un te amo, o me abrazó por sorpresa. Pero cantaba cada noche, como esos grillos que lo hacen siempre y se vuelven parte del ambiente. Con él me aprendí la canción del Gato viudo y otras más, vi la luna llena desde mi ventana y conocí la alegría de recibir unos fritos rojos cuando él llegaba de la tienda. Nunca me dejó llevar a mis amigos a la casa, pero jamás me negó un permiso; no cuestionaba mi vida y nunca se enojó por mi carácter extraño en la adolescencia.
Con él viajé en tren y conocí el trigo en el campo, bebí agua de arroyos sin escrúpulo alguno, y aún recuerdo el letrero en rojo que estaba en una pared vieja: “fuera yanquis de Nicaragua”, en ese momento supe que existía un país llamado Nicaragua, y que los yanquis eran los famosos “gringos”.
Es cierto, fue un padre muy difícil, jamás sonreía y no inspiraba confianza; un día uno de mis hermanos dijo que era como esas estrellas de los dibujos infantiles: por cualquier lado se le encontraba un obstáculo con qué toparse. Y si, así era mi padre: crítico, sarcástico y con la realidad puesta siempre enfrente para no desubicarse.
Pero ese hombre fuerte y difícil ahora tiene una envoltura diferente. Su corazón se ha vuelto frágil y cualquier momento dejará de funcionar; el cabello en su cabeza no es ni la mitad del que tenía en aquellos tiempos; ha perdido estatura, su caminar es un poco atropellado; no distingue lo que está a distancia y confunde fácilmente mi voz en el teléfono. Para él siempre hace frío y las cenas existen ocasionalmente; los viajes en tren quedaron atrás y convencerlo de salir de la ciudad se ha convertido en toda una hazaña. Pero ahí está, disculpando a mi madre cuando llamo y él está solo en casa; riendo a carcajadas cuando le digo que tiene la panza como “rumbón” (redonda como la espalda de esos escarabajos); aguantando mis abrazos continuos que para él deben ser como tacleadas de americano; sonrojándose cuando le mencionamos lo bien que se ve disfrazado de vaquero…
Ese es mi padre, el mismo que este año cumplió los 78, de quien me cuesta despedirme cada vez que regreso a mi solitaria realidad a kilómetros de distancia, del que heredé mi carácter frío y sarcástico, a quien amo y me encantaría que jamás se fuera…

2 dicen...:

Anónimo dijo...

Daaaaalia:

Me encanta como escribes, si tu papá lo viera estoy segura de que estaría orgulloso de ti, ke klaro ke lo esta, pero mucho más...

Ke afortunadas somos de tener a nuestros papás, que nos han enseñado a ser las personas que somos...

Látima que no todos tengan esa oportunidad, como ni sobrina que con cuatro añitos tiene que aprisionar los pocos recuerdos que tiene de su padre, poque ya no lo vera más.

En fin... no kabe duda... ke afortunadas somos...

*alεida* dijo...

¡Daliaaaa!

Tienes toda la razón, es una actualización bastante personal a la que las palabras le sobran...

Espero que la vida le regale muchísimos años a tu papá, para que lo sigas abrazando, para que se ría, para que te quiera y para que se siga sintiendo orgulloso de ti...

Te mando un abrazote!!

Tqm!

*aleida!*